sábado, 14 de abril de 2012

4: De vacaciones

Agosto era el mes más triste del año para el árbol mágico. La escuela cerraba, los días alargaban su soledad y, para colmo, caía un sol justiciero que lo dejaba hecho un higo seco.
Cuando el árbol mágico pasaba tanto tiempo solo hacía también pequeñas travesuras porque sabía que nadie lo veía. Una de sus favoritas era aprovechar el mediodía para descalzarse y estirar las raíces. Entonces se levantaba (de pie, era el doble de alto que cuando estaba sentado, que era el resto del tiempo) y daba un paseo por el patio.
–En orden –decía comprobando que los toboganes no se habían dado la vuelta para tostarse al sol y seguían apuntando al suelo.
–Así me gusta –felicitaba a las persianas–, que charléis menos y mantengáis fresquitas las habitaciones.
Pero la travesura con la que el árbol mágico disfrutaba de verdad era cuando la luna se inflaba como un balón y echaba una carrera por el Camí de la Ratja para darse un chapuzón en el mar con las sardinillas. 

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