jueves, 12 de abril de 2012

2: El nombre

Un día que los niños se le acercaron, Vicent, el más pequeño de todos, sorprendió al árbol mágico con una pregunta muy sabia:
–Árbol mágico, ¿cuál es tu nombre verdadero?
Vale que fuera un árbol mágico y todo eso, pero tenía que tener al menos un nombre. Si no, cómo iban a llamarlo cuando jugaran con él. Llamarlo árbol mágico sin más era muy aburrido.
El árbol miró al corro de niños que se formó bajo sus ramas. Las maestras estaban a unos metros y no lo escuchaban, así que aprovechó para susurrarles:
–Anda, pues es verdad. No tengo nombre. Tendréis que darme uno –les guiñó con su rama más dicharachera–. ¿Sabéis?, no hay nada más bonito que dar un nombre. 

A los niños les encantó la propuesta y se pusieron manos a la obra. Al cabo de un minuto, todos tenían un nombre para el árbol mágico. Rama de caramelo, Ministro del recreo, Hoja-pájaro, Manolo... Era imposible elegir solamente uno, así que el árbol les dijo:
–Me gustan todos tanto, que responderé cuando me llaméis por cualquiera de ellos.
Desde entonces, cada niño de la escuela infantil tiene un nombre para el árbol mágico. Y cuando salen todos al patio los días de sol, lo saludan y le dan los buenos días.

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